Símbolo y fantasía


El siguiente artículo ha sido publicado en Affectio Societatis, revista virtual del Departamento de Psicoanálisis de la Universidad de Antioquia, Vol. 8, N° 14 (Junio 2011)


EL SIMBOLO, LA FANTASIA, LO IMAGINARIO Y SU INTERPRETACION EN “EL DELIRIO Y LOS SUENOS EN LA GRADIVA DE W. JENSEN”


Al interior del psicoanálisis, el símbolo ha significado un dispositivo fundamental a partir del cual es posible acceder al material de la psique, tanto consciente como inconsciente, al poseer una representación de valor afectivo que puede partir de lo universal o tener un valor específico para un sujeto, ya sea porque adquirió importancia en un evento del pasado o porque conlleva un sufrimiento o una dificultad no superada en el momento presente y, por ende, supone una necesidad de interpretación para la resolución del conflicto. Y es bajo esta premisa que el psicoanálisis en tanto método, teoría investigativa y modelo psicoterapéutico parte de la libre asociación como herramienta principal para abordar los problemas del inconsciente, siempre desde la singularidad de cada ser humano y de las experiencias particulares que determinan su historia personal, ante todo porque el símbolo es, por regla, plurivalente y posee múltiples sentidos.

Esta propiedad del símbolo es también característica del lenguaje, pues el significante puede dar cuenta de diversas representaciones de una experiencia y en todo caso no alcanza nunca a englobar todo cuanto encierra el objeto en sí. Con esto claro es posible equiparar lo que sucede en el sueño con el lenguaje, encontrando una correspondencia entre los mecanismos de aquel y el desarrollo de este último; así, “Las exploraciones de las raíces de las lenguas parecían ser la vía mas prometedora –tal vez la única admisible- para investigar aquellos elementos tanto del sueño como del mito que parecían más o menos opacos: los símbolos.” (Jones, 1988: 124)

El interés de Freud y de sus predecesores, sobre todo Jung, se centró en indagar cada vez más respecto al pensamiento simbólico, claramente diferenciado del pensamiento verbal, como una propiedad del inconsciente que permite vincular unas ideas con otras a manera de códigos sólo descifrables mediante una técnica que abarcase los contenidos de la vida anímica consciente y las imágenes de los sueños que constituyen el lenguaje del inconsciente.

Sin embargo, a su teoría Freud fue integrando cada vez más elementos que daban cuenta del funcionamiento del psiquismo y de los fenómenos sintomáticos que bajo su influjo podían aparecer, incorporando así a la subjetividad dos principios bajo los cuales ha de regirse toda motivación, pensamiento o idea: el principio de placer y el principio de realidad. Cada uno de ellos tiene una función específica en el establecimiento de la relación del sujeto con su deseo y determina así mismo la manera en que modifica o asume su posición en el entorno, frente a los otros y a sí mismo. Esto se articula, como todos los demás conceptos que consolidan la teoría psicoanalítica, con los factores que constituyen el eje central de toda estructura y que fueron expuestos posteriormente por Lacan, a saber: las funciones de lo Real, lo Simbólico y lo Imaginario. En este orden de ideas podríamos ubicar el fenómeno de la fantasía como correspondiente al ámbito de lo imaginario y, siendo así, este representa entonces un elemento que posee una función organizadora dentro del aparato psíquico, al igual que los símbolos.  

Con el fin de presentar de manera más concreta la idea a la que se pretende llegar en el presente escrito, se partirá pues de la afirmación de que, en el personaje central de Gradiva, Norbert Hanold, lo que podría significar una perturbación en el ámbito del sentido de realidad debida a la construcción de ideas delirantes en torno a un personaje histórico, es al mismo tiempo un mecanismo de defensa alrededor de una ocurrencia de su pasado que generó huellas imborrables y la manera de confrontar una realidad psíquica insoportable, a partir de elaboraciones que procuran distención y producen parcialmente satisfacción de las necesidades del inconsciente. A lo que se hace referencia no es otra cosa que lo que llamamos  la fantasía, cuyo papel en la ilación del discurso literario en la Gradiva, es fundamental para comprender el sentido de lo que esta oculto bajo los intereses de la razón. En este escrito, el autor nos hace creer, durante un período del tiempo que transcurre en la historia, que el héroe es un sujeto perturbado a quien una pieza antigua logra cautivar tanto que resulta convirtiéndose en el punto de partida para estructurar toda una realidad que se desenvuelve en un escenario lleno de eventos totalmente absurdos e improbables. No obstante, para asombro nuestro, luego de convencernos del desequilibrio que padece, el autor nos muestra una perspectiva diferente del héroe llevándonos a encontrar la lógica que rige el conjunto de ideas que le impelen a actuar y cifrar las experiencias tal y como lo hace.

A través del símbolo se puede acceder a una verdad que está vinculada con la esencia de las ocurrencias que abarcan las dimensiones de la fantasía y el delirio y que de una u otra forma son un importante elemento en el engranaje del instrumento psíquico, al involucrar la vida consciente con los acontecimientos del inconsciente.  Pero este instrumento último al que se atribuye el implicar lo anímico y dar origen a lo individual, es a su vez sólo una parte de lo que configura el alma, pues en ella se encierra tanto lo espiritual como lo corpóreo, lo creativo como lo destructivo, lo individual y lo colectivo.   

También Jung habló acerca de la importancia de la imaginación y de un adecuado empleo y aprovechamiento de las fantasías para el reconocimiento de lo que habita el alma humana, tanto en sentido individual como colectivo. En el texto La práctica de la psicoterapia (2006), en el artículo titulado Metas de la psicoterapia, dice:

Para mí, la fantasía es en última instancia la fuerza creativa del espíritu masculino. En el fondo nunca estamos por encima de la fantasía. Sin duda, hay fantasías fútiles, insuficientes, enfermizas e insatisfactorias cuya naturaleza estéril reconocerá de inmediato cualquier persona dotada de sentido común, pero ya se sabe que el funcionamiento defectuoso no demuestra nada contra el funcionamiento normal. Toda obra humana procede de la fantasía creativa. Así las cosas, ¿Cómo pensar mal de la imaginación? Además, la fantasía no suele extraviarse, pues esta vinculada profunda e íntimamente a la base de los instintos humanos y animales. Para nuestra sorpresa siempre acaba enderezándose. La activación creativa de la imaginación saca al ser humano de la presión del «nada mas que» y lo eleva al estado de jugador. (pág. 50)

Esto nos puede conducir a pensar de manera diferente el delirio, mirándolo desde una perspectiva más flexible como una alternativa unificadora a que recurre el inconsciente para mantener una relación con las dimensiones que pertenecen a la consciencia y por lo tanto implica una disposición del aparato psíquico diferente de la habitual pero no por ello menos enriquecedora. Lo que Jung intenta hacer ver en este artículo es que para la psicoterapia es de suma importancia dar un lugar igualmente meritorio al de las ideas que rigen el pensamiento consciente, a la nitidez y los colores de las imágenes que constituyen el discurso del inconsciente sobre la realidad del alma, a partir de las fantasías y sobre todo de los sueños. Estimular el lado creativo del alma facilita el proceso de aprehensión, conocimiento y apreciación de los contenidos del inconsciente, permitiendo que este pueda aportar continuamente a las vivencias conscientes, generando armonía psíquica y el desarrollo de aptitudes que aportan a discurrir satisfactoriamente el trayecto del ciclo vital.

Sin embargo, esto mismo lo encontramos incluso ya desde los inicios del psicoanálisis, cuando Freud puso el énfasis en la significación que los sueños poseen dentro del método de la interpretación analítica, Jung sólo trato de abordar desde otro punto de vista lo que la técnica de la asociación libre y de interpretación de los sueños podía brindar al conocimiento de nuevos aspectos del alma humana. Así pues, parece conveniente inferir que la intensión que en Freud se presenta evidente en el análisis de la obra de Jensen, es partir de las reglas formuladas en La interpretación de los sueños para legitimar la teoría por él postulada que explica el funcionamiento de lo inconsciente y la manera en que la represión actúa para mediar entre la oposición de dos fuerzas igualmente poderosas: la de los anhelos conscientes y la de los deseos inconscientes.  En otras palabras, para emplear los conceptos teóricos, entre la pulsión de vida y la pulsión de muerte existe siempre una fuerza conciliadora que es la que da lugar a la manifestación de las necesidades inconscientes reprimidas, que se presenta en diversos fenómenos sintomáticos, pero al mismo tiempo ésta fuerza participa del mecanismo de la represión deformando ciertos contenidos, antes de que emerjan,  para hacerlos más accesibles a la conciencia, conformando una barricada ante el displacer que pueda provenir de fuentes externas; tal fuerza produce los símbolos como material que reúne las condiciones de ambas instancias psíquicas. Al intentar exponer lo que ocurre en el tratamiento psicoanalítico, Freud, en Lo inconsciente, formula los resultados del conocimiento consciente de lo que ha sido reprimido como sigue:

Cuando comunicamos a un paciente una idea por él reprimida en su vida y descubierta por nosotros, esta revelación no modifica en nada, al principio, su estado psíquico. Sobre todo, no levanta la represión ni anula sus efectos, como pudiera esperarse, dado que la idea antes inconsciente ha devenido consciente. Por el contrario, sólo se consigue al principio una nueva repulsa de la idea reprimida. Pero el paciente posee ya, efectivamente, en dos distintos lugares de su aparato anímico y bajo dos formas diferentes, la misma idea. Primeramente posee el recuerdo consciente de la huella auditiva de la idea tal y como se la hemos comunicado, y en segundo lugar, además tenemos la seguridad de que lleva en sí, bajo su forma primitiva, el recuerdo inconsciente del suceso de que se trate. El levantamiento de la represión no tiene efecto, en realidad, hasta que la idea consciente entra en contacto con la huella mnémica inconsciente después de haber vencido las resistencias. Sólo el acceso a la conciencia de dicha huella mnémica inconsciente puede acabar con la represión. (1973, pág. 2066)

Pero paradójicamente, aunque Jensen asegura no poseer conocimientos respecto al método empleado por el psicoanálisis para llevar a la consciencia aquello que ha sido reprimido, en su obra se constata este proceso y los resultados a que da lugar tal y como los presenta Freud. Nuestro héroe recibe las señales que Zoe le envía en primer lugar de manera inconsciente y posteriormente, a medida que ella le aporta interpretaciones y desciframientos de lo acontecido, se despliega en él un conocimiento consciente de la realidad que antes profería su inconsciente, obteniendo de ello la emancipación frente a su conflicto psíquico. Todo lo que ocurre en la historia parte de un sueño particular del héroe, que es el que lo conduce a buscar una verdad lejos de su realidad habitual y es por esto que puede parecer más sorprendente aún la creación del autor en tanto increíble coincidencia con la teoría psicoanalítica, pues el sueño es la clave principal de la trama, es el que genera un enigma y es a su vez el que lo desentraña, esto bien, al modo del inconsciente: a través de los símbolos. Así entonces, el autor nos muestra cómo una secuencia de sueños va indicando a Hanold qué camino proseguir en sus asociaciones y con ello resalta la importancia del acontecer onírico en el devenir y las determinaciones del ser humano.

En este sentido, los sueños que en la obra de Jensen son narrados, sirven de escenario para la aplicación del método analítico, en tanto responden a los requisitos fundamentales para la interpretación, a saber: (a) que den cuenta de la vida anímica de un sujeto a partir de la aparición en el relato de símbolos que representan asuntos significativos para dicho sujeto y, (b) que los símbolos que en ellos aparezcan sean la manifestación de contenidos inconscientes que tras su interpretación permiten entrever una verdad igualmente inconsciente, un saber que tiene el sujeto y que permanece oculto debido a las deformaciones que sobrevienen a los símbolos en el transcurso de su aparición a la conciencia. Como lo refiere el mismo Freud en La interpretación de los sueños, lo que realizó en su trabajo fue recuperar una antigua tradición y convertirla en una posibilidad para la ciencia de lo humano, de profundizar en los elementos que configuran el psiquismo, considerando los sueños como una fuente inagotable de saber que mediante imágenes devela lo que acontece en las profundidades del inconsciente. Aunque la tradición a que alude consistía en interpretar de manera global el sueño, considerando universalmente los símbolos sin categorizarlos según cada expresión individual, Freud halla una variante del método en la que se contempla cada símbolo de un modo independiente del contexto, teniendo en cuenta además la particular forma en que aflora al sujeto; en sus palabras:

En el libro de Artemidoro de Dalcis, sobre la interpretación de los sueños, hallamos una curiosa variante de este método «descifrador» que corrige en cierto modo su carácter de mera traducción mecánica. Consiste tal variante en atender no solo el contenido del sueño, sino a la personalidad y circunstancias del sujeto; de manera que el mismo elemento onírico tendrá para el rico, el casado o el orador diferente significación que para el pobre, el soltero o, por ejemplo, el comerciante. Lo esencial de este procedimiento es que la labor de interpretación no recae sobre la totalidad del sueño, sino separadamente sobre cada uno de los componentes de su contenido, como si el sueño fuese un conglomerado, en el que cada fragmento exigiera una especial determinación. Los sueños incoherentes y confusos son con seguridad los que han incitado a la creación del método descifrador. (1973, pág. 407)

Aquella fuerza o energía que regula la homeostasis psíquica pide ser percibida aun bajo unos rasgos indiferenciados y ambiguos que abrigan pensamientos y deseos de la más variada modalidad. No resulta tan difícil ahora el asumir una postura menos racional en términos del paradigma científico-positivista, frente a lo que ocurre con el personaje de nuestra historia. ¿Debemos pues hablar en él de una fantasía que lo hace disfuncional, de  un delirio que lo convierte en un hombre insensato, enajenado y que lo aleja incluso de la realidad fáctica afectiva y efectiva? Muy por el contrario, considero que lo que Freud trata de elucidar con su análisis es precisamente que la fantasía cumple aquí una función transformadora, que procura indicios para resolver un enigma que se encuentra en la base de las motivaciones inconscientes del héroe. Lo que ocurre es pues, estableciendo un paralelo entre la teoría y la obra, que el inconsciente emplea con frecuencia un recurso psíquico al que acude naturalmente para regular la tensión que pueden generar las pulsiones, las cuales están relacionadas, usualmente para Freud, con el terreno de la sexualidad y que tienden a la represión del sentimiento de frustración o a la conciencia de la insatisfacción; es justamente esto lo que se evidencia en la descripción que se hace en la obra literaria de los sueños y las fantasías. Entonces, considerando lo anterior, a Hanold su delirio le permitió reconocer el aspecto afectivo que había sido resguardado durante años bajo una actitud de indiferencia y pasividad frente a la posibilidad del vínculo sentimental, apoyada en los argumentos lógicos de la ciencia y la racionalidad, acudiendo así a la priorización del modo de pensamiento consciente con el cual logró reprimir temporalmente los recuerdos gratos de una realidad pasada y los anhelos inconscientes que impelían por realizarse en el presente y superar las dificultades personales.

La cuestión problemática se plantea al pretender que la fantasía no sobrepase los límites de lo alusivo o representativo, convirtiéndose en un impedimento para la disertación consciente y obnubilando la razón hasta desvanecer todo contacto con la realidad. La diferencia entre uno y otro caso consiste en la disposición anímica para aprehender lo simbólico a fin de darle una interpretación, llevando la idea al plano de la experiencia. La fantasía puede brindar, desde este punto de vista, enormes aportaciones y resultar incluso gratificante cuando ha sido llevada a la consciencia desde sus más ínfimas unidades y comprendida profundamente en relación a su finalidad. Esta posición es adoptada por Jensen y traducida por Freud en el apartado que se transcribe a continuación:

La hermosa realidad ha triunfado, pues, sobre el delirio; pero este todavía acecha para rendir su último homenaje antes que los dos abandonen Pompeya. Llegados ante la Puerta de Hércules, donde en el nacimiento de la Strada consolare la atraviesan las piedras de una antigua calzada, Norbert Hanold se detiene y ruega a la muchacha que lo preceda. Ella lo comprende «y recogiendo un poco su vestido con la mano izquierda, Zoe Bertgang, Gradiva rediviva, envuelta por los ojos de él que la miran ensoñados, cruza por las piedras de la calzada hasta el otro lado de la calle con su andar calmoso y grácil, en medio del resplandeciente brillo solar». El triunfo del erotismo lleva a reconocer lo que había de bello y valioso también en el delirio. (1998, pág. 33)

Lo que en el párrafo anteriormente citado se muestra es un hermoso ejemplo de lo que una fantasía puede llegar a significar dentro del ordinario transcurrir de la vida. Este paraje deja entrever el papel que el delirio desempeña dentro del psiquismo humano, como una vía para el afrontamiento de asuntos importantes que quedaron sin saldar en el pasado y que permite a un sujeto vérselas de manera alternativa a lo cotidiano ante las experiencias nuevas, mediando entre sus sufrimientos y las oportunidades de un futuro por labrar. En Hanold, por ejemplo, no hubiese sido posible una renuncia al amor que sentía por su Gradiva, aun en presencia de la persona  y prescindiendo de la imagen que se creó con tan preciso detalle en su imaginación, de no haber comprendido que Zoe era aquella cuyas cualidades había buscado en la efigie, pero justamente la encontró por el camino de su delirio. Es decir que, de alguna manera, lo imaginario pudo dar lugar a un vínculo más adecuado con la realidad, permitiéndole avizorar con atino lo simbólico que en su historia conciente se hacía manifiesto, mientras se daba al mismo tiempo un proceso de reconocimiento de aquello que se expresaba en su vida anímica inconsciente como una necesidad. Tal necesidad no era otra que la erótica, la cual tomó fuerza en una parte de su alma que pugnaba por ser comprendida. El delirio, que sólo es posible mediante la virtud de lo imaginario al operar en la psique, da lugar a otra formas de pensamiento que no emplean la lógica verbal propia de la mecánica conciente, sino que acude a otras formas de pensamiento más complejas en las cuales es posible concebir incluso la convergencia de sentidos opuestos. Las imágenes aluden, entre otras variables,  a la naturaleza y el origen de las aflicciones, estando permeadas permanentemente por símbolos que, de un modo sutil, sientan las bases para la sucesiva aprehensión de lo que compete al ámbito de lo inconsciente, por ello la pertinencia de su indagación para el conocimiento del funcionamiento psíquico.
El material que el autor de Gradiva presenta como concerniente a la vida del héroe, podría decirse que es suficiente para realizar una interpretación, en tanto nos muestra aspectos de la infancia del mismo, eventos del presente que influyen de manera profunda en sus pensamientos y sentimientos, además de conexiones  con otras áreas de su personalidad que son igualmente incidentes en los contenidos de sus sueños. De esta manera nos es más fácil colegir aquello que verdaderamente le aflige y lo que en su alma se revuelve sin que él mismo lo advierta, aunque probablemente hagan falta algunos elementos importantes de su anamnesis para comprender, por ejemplo, por qué la elección de su profesión o la cualidad de la relación con sus progenitores y qué determinó ésta en su estructura. Pero esto iría más allá de lo que orienta el trabajo de Freud, puesto que aquello que le motiva a emprender el análisis de la obra es una tentativa por descubrir lo que puede aplicarse del método interpretativo en los sueños que no son producto de procesos inconscientes de una existencia legítima, sino que son producto de la invención de un escritor.

Son múltiples los símbolos que se encuentran a lo largo de la obra, desde, por un lado, las experiencias a las que Jung llama sincrónicas (como ocurre con el canario que incita a Hanold a una reflexión sobre su destino), hasta, por otro, la referencia a un episodio histórico de enorme significación (como lo es la petrificación de Pompeya). Pero ante todo, lo que adquiere mayor preponderancia en el análisis de la obra es el hecho de que las imágenes, ya sean oníricas o  arqueológicas, constituyan la formación del delirio, porque tales imágenes provienen del inconsciente y son metáforas que participan de manera protagónica en el reconocimiento del héroe frente a su verdad, a los mecanismos psíquicos que empleó para apartarse de ella y al establecimiento de una nueva posición ante su destino.

Por otra parte, es importante tener en cuenta la analogía que Freud desarrolla entre los procedimientos psiquiátricos descriptivos y el discurso figurativo preeminentemente estético de los poetas, pues en ella se resalta la labor de unos y otros en cuanto al conocimiento del inconsciente, aun siendo desde ópticas radicalmente opuestas, en tanto ciencia y arte respectivamente:

[...] quizás hagamos menguado servicio a nuestro poeta en el juicio del público si calificamos de estudio psiquiátrico a su obra. Suele decirse que el poeta debe evitar los puntos de contacto con la psiquiatría y dejar a los médicos la descripción de estados anímicos patológicos. En verdad, nunca un genuino poeta obedeció a ese mandamiento. Es que describir la vida anímica de los seres humanos es su más auténtico dominio; en todos los tiempos ha sido el precursor de la ciencia y, por tanto, también de la psicología científica. Por otro lado, andaría errada la psiquiatría si quisiera limitarse de manera permanente al estudio de aquellas enfermedades graves y tétricas que surgen por un grueso deterioro en el fino aparato anímico. Las desviaciones más leves, y susceptibles de enderezamiento, respecto de la condición de salud, que hoy sólo podemos rastrear hasta unas perturbaciones en el juego psíquico de fuerzas, entran en no menor medida en su campo de interés; y aun solo por medio de estas podrá comprender tanto la salud como los fenómenos de la enfermedad grave. Así, ni el poeta puede evitar al psiquiatra ni el psiquiatra al poeta, y el tratamiento poético de un tema psiquiátrico puede resultar correcto sin menoscabo de la belleza. (pág. 37)

Es a partir del personaje de Zoe que el autor de la novela introduce un análisis profundo desde una perspectiva psicológica en el cual da a conocer a los lectores una postura que se asemeja en mucho a la que el analista debe asumir en el transcurso de un tratamiento, pues desde la interpretación arroja luz a las oscuras fibras que forman el tejido de lo inconsciente, anudando unas con otras de forma que encuentren un sentido más complejo a la vez que comprensible a la consciencia, sin descifrar totalmente el misterio, dejando que sea el analizante (el paciente), que en el caso de la obra es el héroe, quien descubra la naturaleza del tejido mismo, la razón por la cual se entretejen las fibras y la lógica o el sentido bajo los cuales se anudan.

Según Freud, los analistas exploran los contenidos del inconsciente mediante métodos y técnicas rigurosos que de manera objetiva buscan colegir lo inextricable que funda las imágenes y los contenidos que allí se instauran, mientras los poetas se basan en experiencias sensibles y en la percepción de ciertos acontecimientos, dando lugar a ideas más subjetivas, aunque no menos verídicas, de aquello que constituye la vida anímica. Tanto una postura como la otra permiten esclarecer muchos de los enigmas que circundan este ámbito del psiquismo humano, sin embargo, el esfuerzo del psicoanálisis es admirable por cuanto implica un acercamiento más obstaculizado por las deformaciones que la conciencia del analizante elabora como defensa contra las construcciones del inconsciente. Es por esto que el analista debe formarse en el conocimiento de los símbolos, las religiones, el arte y otras representaciones que han sido determinantes en la constitución de la cultura, puesto que en todas ellas se encuentran implícitas las relaciones del hombre con el entorno y están al servicio de su mundo interior para proporcionarle significantes e imágenes que le posibiliten expresar y comunicar mejor sus inquietudes espirituales, así como hacerle más inteligibles sus movimientos anímicos y advertirlos oportunamente.

Ahora bien, el método de la interpretación de los sueños, al igual que en general la interpretación en psicoanálisis, debe ser, como ya se mencionó, riguroso, puesto que no debe regirse por ocurrencias caprichosas que el analista considere sin más significativas en la vida del paciente, sino que por el contrario es éste último quien debe darle a las imágenes y símbolos tal significación. Todos los elementos que aparecen en el sueño deben ser considerados de manera particular y hasta no existir una relación con alguna vivencia realmente trascendental, o por lo menos representativa en el sujeto analizante, no ha de ser interpretado o dársele un significado definitivo; antes bien, se ha de contar primero con la asociación que el sujeto mismo establezca con algún acontecimiento, ya sea de la infancia o actual, pero que considere ligado a tal objeto simbólico. Por esta razón la asociación libre es el pilar del trabajo analítico, ya que intentar comprender el inconsciente desde el desconocimiento total de la vida de un sujeto es tan absurdo como que un poeta intente dar cuenta de él desde una perspectiva científica, desde un marco positivista.

Entonces, entendiendo esto, podemos comprender como en Gradiva una rosa y un asfódelo poseen la significación metafórica que le permite a Hanold rememorar un pasado que olvidó, casi hasta enterrarlo en la profundidad de su alma y de un amor futuro que le abrirá las puertas al reconocimiento de su verdad psíquica. De igual manera un nombre y una profesión son metonimias de una función que aparentemente no ejerce como debería en su inconsciente: el andar (el movimiento), que como alegoría puede referirse a la superación de un estancamiento en su vida, y la exploración (de su verdad psíquica) que es el llamado de su inconsciente, simbolizado en la arqueología y la zoología. La cita a continuación muestra brevemente lo que en un sentido simbólico circunda todo el entramado en la vida del héroe y que finalmente contribuye al desciframiento de la verdad inconsciente, que en él permanece silenciada por un periodo considerable: 

El juicio supuestamente estético sobre el «ahora» que aquella imagen de piedra figuraría sustituye al saber de que ese paso pertenece a una muchacha de él consabida, que en el presente camina por las calles; tras la impresión de haber sido tomada «del natural» o en vivo, y tras la fantasía de su linaje griego, se esconde el recuerdo de su nombre Zoe, que en griego significa vida; Gradiva es, como al final nos lo esclarece él mismo, curado del delirio, una buena traducción de su apellido Bertgang, que viene a significar algo así como «la del andar resplandeciente o precioso»; las precisiones sobre el padre de ella provienen del conocimiento de que Zoe Bertgang es hija de un prestigioso profesor de la universidad, término que bien puede traducirse como servicio del templo entre los antiguos. (pág. 43)

El destino al que está llamado a reconocer nuestro héroe se ve ya reflejado en su profesión, tanto como en su disposición frente a lo que emerge en su vida anímica, deberá pues comenzar a pensar y sentir desde otra perspectiva diferente a la de la consciencia para comprender su auténtica motivación y lo que ha permanecido latente en sus elecciones; tendrá que recorrer el camino de la fantasía, siempre rodeado de alusiones simbólicas y de tanteos, para percatarse de un mundo diferente que en él habita, es decir, de la lógica bajo la cual se conduce el aspecto inconsciente de su personalidad. Lo imaginario y lo simbólico le abrirán las puertas a un saber que siempre conservó pero para el cual no estaba preparado a incorporar en sus experiencias ulteriores. Las fantasías y los símbolos le permiten relacionarse de otra manera con su realidad, preparando el terreno para  el conocimiento y la realización de su vida anímica, a través de la satisfacción de sus deseos y necesidades inconscientes.


BIBLIOGRAFIA

Jones, Ernest. Simbolismo. Traducciones, Medellín. Nº 1. Agosto de 1988.
JUNG, Carl. La práctica de la psicoterapia. Obras Completas. Vol. 16. Editorial Trotta, Madrid. 2006

FREUD, Sigmund. La interpretación de los sueños. Obras Completas. Tomo I.
Madrid. Biblioteca Nueva, 1973.

FREUD, Sigmund. El delirio y los sueños en la Gradiva de Jensen. Obras Completas. Vol. 9 Buenos Aires. Amorrortu, 1998.

FREUD, Sigmund. Lo inconciente. Obras Completas. Tomo II.  Madrid. Biblioteca Nueva, 1973.


Mitología y psicología analítica

La inclinación de Jung al estudio de la mitología de diferentes culturas encuentra su sustentación en la urgencia para su teoría de encontrar evidenciada en la historia del hombre la tendencia a representar a través de símbolos una necesidad instintiva, que está en relación con la comprensión de contenidos inconscientes primigenios, más específicamente los contenidos del inconsciente colectivo: los arquetipos. 
Desde aquí pues, podemos vislumbrar la importancia que adquiere el estudio de estos relatos y de la manera en que cada cultura asume la cosmogonía, como enunciación de un saber colectivo y precedente a toda civilización y como el fundamento para comprender la psique en tanto hacedora de símbolos y mediadora entre la materia y el espíritu.
Lo que Jung encuentra al adentrarse en el estudio de los diferentes relatos mitológicos de diversas culturas, es que existe una sabiduría a priori, antecedente de todo conocimiento conciente y ajena al intelecto racional; es más bien como un conocimiento de la esencia de lo divino que permite establecer una conexión con lo humano, es un saber que viabiliza el reconocimiento de lo global y lo cósmico en lo individual; es la fuente de toda creatividad y de todo proceso anímico, sin apartarse de lo real, a la vez que se sirve de la fantasía.
Y es por ello que los mitos reflejan la manera en que los hombres han percibido su posición frente a los aconteceres y vicisitudes, y cómo logran hacer conciente de alguna manera, a través de la proyección, aquello que de otra forma distaría de ser comprendido. Mediante el mito se posibilita la aprehensión de lo que confunde y conmueve al ser humano, se facilita la incorporación en la conciencia de sus virtudes y defectos, de sus proezas y límites, puestos es el exterior para ser asimilados. Todo aquello que el hombre crea y recrea a través de la imaginación está contenido en su naturaleza, sin embargo, hay cualidades que no le es posible reconocer a menos que estén mediadas por una proyección simbólica, y para ello entran a su servicio las facultades de los dioses, algo que además autoriza la comprensión de la totalidad  constituida por los opuestos: todos los dioses poseen en sus características y reflejan en sus historias, facetas positivas y negativas, y por ello le permiten a los hombres interiorizar lo absoluto de una manera menos abstracta de lo que lo haría una exposición filosófica frente al asunto.
Tomemos por ejemplo al dios griego por excelencia. Zeus es un dios justo, desde su nacimiento entra a promover la justicia mediante el rescate de sus hermanos, devorados por su padre, lo cual además le estaba predestinado. Él gobierna de manera intachable, más tiene una característica que lo hace demasiado vulnerable y que opaca en cierto grado su justicia: es infiel a su esposa innumerables veces, fruto de lo cual engendra a muchos hijos extramatrimoniales, tanto con otras deidades como con mortales. Y para hacerlo, además, muta su imagen y se vale en diversas ocasiones de  disfraces polimorfos, generalmente animales (símbolo de lo instintivo más precario), lo cual pone en evidencia su conciencia frente a lo insensato del acto. Zeus también se caracteriza por ser en extremo receloso con su posición jerárquica, induciendo por ejemplo a Poseidón para que juntos engañen a su hermano Hades en el momento de ser repartidos entre ellos los reinos que han de gobernar,  guardando Zeus para sí la pieza que lo llevará al gobierno correspondiente al Olimpo, residencia de los dioses. En consonancia con el Dios Thor de la mitología nórdica, Zeus es el dios del trueno, posee una especie de báculo del que emanan los rayos a la tierra, los que dan cuenta de su ira.
En relación con esto último, puede verse como una constante en la concepción mitológica, la atribución del castigo de los dioses o el resultado de su inconformidad frente a los actos de los hombres, las desgracias y los desastres naturales, probablemente como una prefiguración de lo relativo a la conciencia cristiana, que equivale al reconocimiento de la perversión y la inmoralidad. En los mitos se efectúan las desgracias y males de la humanidad como obra de los dioses, pero en un sentido psicológico, es más una proyección de la conciencia moral que juzga lo sucedido como causa de un acto que atenta contra el orden natural, es decir, que vulnera lo espiritual.
Continuando pues con la relación del dios Zeus frente a la teoría de los arquetipos, éste representaría dos polos: en primer lugar el gran padre, que establece el orden entre el cielo y la tierra y que da lugar a la ley, regulando tanto a dioses como a mortales. Es el padre con todos sus atributos, buenos y malos: su autoritarismo, pero su justicia, su imposición, pero también su protección. De otro lado es el hijo castrador, que se erige sobre la potestad del padre y que hace justicia sobre su implacable proceder y su tendencia devoradora. Puede verse aquí, como el mismo Jung afirma, que los arquetipos devienen en procesos, y no declaran un solo atributo de lo psíquico, en tanto, como símbolos, son plurivalentes y poseen diferentes caras de una misma cuestión anímica, pues en este caso es posible percibir, por un lado el arquetipo del padre y por el otro, en un sentido menos amplio y evidente, pero no menos influyente, el arquetipo del puer aeternus, que sobreviene rebelde ante la ley del padre y que goza de los placeres de la carne sin restricción alguna.
Ahora bien, otra deidad a la que vale la pena hacer mención, y cuyo aporte a la psicología es invaluable, en tanto representa aquello que es el quehacer del psicólogo analista, tanto en la clínica como en el campo académico, es Hermes: el mensajero y poeta.
En un sentido arquetípico, Hermes representa el papel de la psicoterapia, en tanto sirve de puente entre conciencia e inconsciente, comunica ambos estadios y posibilita la comprensión de los contenidos del inconsciente a la conciencia, permitiéndole a ésta traducir mediante los símbolos el lenguaje de otra manera incomprensible. Del mismo modo, es él quien ofrece al hombre la hermenéutica, la capacidad de la interpretación y es al mismo tiempo el dios de los sueños, plagados de símbolos, y de los inventos, el comercio, la astucia y la prudencia. Es evidente pues como Hermes puede ser el inspirador del psicólogo por su naturaleza y esencia de intercambio y puede asociarse entonces al arquetipo del hermafrodita, pues como tal se le conoce, además de que media, aplicándolo al proceso de individuación, entre el anima y el animus. Se le llama también psicopompo, debido a que ayudaba a los muertos en su transición al inframundo e igual función de guía cumplía con los viajeros, quienes le ofrecían sacrificios para que les acompañase en su trayecto. Pero además, su habilidad para el lenguaje y su astucia al actuar le conferían la ventaja al robar, y por ello es también el guardián de los ladrones, así como de los fraudes.
Hermes posee curiosos artefactos que le sirven para cumplir su misión: unos zapatos alados, una monedera (con que favorecía el ingreso al inframundo a aquellos pocos que pudieron entrar vivos a cumplir misiones específicas) y un sombrero de ala ancha (pétaso) que es alegoría del gimnasio, pues además del fuego, la lira y la siringa (especie de flauta de nueve agujeros), inventó también la lucha y el atletismo.
Sin duda, al abarcar los ámbitos de lo psíquico es preciso considerar de manera relevante al representante del lado oscuro, del mundo correspondiente al lenguaje que occidente ha intentado evadir e ignorar: el mundo del inconsciente, el inframundo.
Hades es el dios acogedor por excelencia, su reino acoge a todos los mortales sin importar el lugar específico hacia el cual se dirigen, sin importar la naturaleza de su alma, pero en realidad les acoge cuando mueren, cuando lo que queda es su esencia inmortal.  Transformado en arquetipo, Hades encarna la Sombra, aquello repelido y repudiado por la humanidad desde el desarrollo de su sentido civil, ético, político, social. Es el dios del inframundo y cuida los secretos que en él habitan, a los cuales los mortales no pueden acceder. No es querido ni por hombres ni por dioses y está prohibido nombrarle, pues de alguna manera representa lo misterioso que por mucho ha sido igualado con lo desafortunado, no obstante Hades no es malo y sólo cumple su misión de no permitir el egreso de allí a las almas de los muertos ni dejar entrar a los vivos, y evidentemente ha de caracterizarlo su radicalismo, en tanto la muerte es ineludible, incuestionable e irrefutable como destino del ser humano.
De otro lado, es llamado el rico, según la mitología romana es Plutón, quien en su reino posee los tesoros y las piedras preciosas más codiciadas por los hombres, y en realidad es el dios que menos desventajas encuentra en su reino, pues su autoridad es respetada por todos los demás dioses y por todos los mortales, sin que ninguno de ellos desee o envidie su posición, además su reino tiene acceso extenso hasta los límites con la profundidad de la tierra y por ello puede poseer todos los metales.

No podría cerrar esta exposición aunque breve, sin abordar la figura arquetípica del amor, representada en dos dioses: Afrodita y Eros. Ellos son los encargados de conjugar mutuamente los atributos que constituyen completamente el amor: la belleza (estética) y el erotismo. No es fácil resumir frente a este tema, es tan amplio como expresiones del amor existen, como combinaciones de parejas hay, como los artilugios que se requieren para constituir una relación amorosa, sea esta efímera o realmente trascendental.
Sin embargo, en lo que sí se puede resumir, tanto la función y apariencia de estos dioses con lo que al sentimiento respecta es a una particularidad incuestionable: el amor es una especie de guerra, o por lo menos su característica es mediar entre dos bandos, dos posiciones, dos personas. Afrodita es una diosa guerrera, y por su parte, al conocido Cupido, Eros, justamente se le conoce por portar  arco y flechas, capaces de inspirar el amor en cualquiera, por más alejado de él que pretenda estar. Pero esta guerra es más bien una batalla planteada a la guerra, es decir, es la guerra por la unión, por la conciliación, por el amor.
Y es que respecto al mito hay muchas razones que tienen algo de verdad, pues esta es su razón de ser, el explicar mediante una fuente el ser de todo lo existente, cómo es y por qué existe. Así que el amor, para empezar, es tanto femenino como masculino, es de alguna manera asexual, y a la vez total, requiere de las particularidades de ambos polos. El amor, además, es realmente caprichoso, no tiene en cuenta cosas en común, ni discrimina en edad, condición, estatus, cultura… Tal como se representa en el mito, en el que se narra que Eros a veces por juego, lanzaba su flecha al primero que encontrase, sucede a veces en la realidad, se establecen parejas que parecieran no tener nada en común y, sin embargo se aman y respetan de manera ejemplar.
Ahora bien, la belleza, se supone, hace parte de los dones de estos dioses olímpicos, sin embargo, como es sabido al introducirse en el estudio del arte, la estética es por completo subjetiva y en el mejor de los casos está sujeta a una cultura, con toda su historia, en la que ella se prefigura según las normas sociales, las costumbres e incluso las características sociodemográficas y ambientales propias de la cultura de que se trate. Es así como lo que en realidad entra a hacer eficaz la mirada del ser amado como alguien hermoso es la propia concepción de la belleza, pero ésta, al ser una propiedad del amor, está implícita en el amado, es por esto que todo aquel que ama nunca dirá de su amado que es carente de belleza. Por otra parte es conocido también por muchos el cuento en el que se dice que el amor es ciego, y de serlo, tiene una hermosa falencia, pues es mejor no ver ciertas cosas y continuar amando, que tener todo por evidente y despreciar a los semejantes, como muchos, sin razón, haciéndose incapaces de amar.

Nota: La imágen que aparece al inicio del escrito es una obra titulada "El Olimpo" del artista Leonardo Montoya, Colombiano residente en Tampa, Florida (EE.UU).
 

Psicoanálisis y arte


Dos obras se acogerán en esta exposición que busca dar a conocer algunos de los aportes del psicoanálisis a la comprensión del funcionamiento psíquico a partir del abordaje profundo al interior de las mismas. Se comenzará por una obra que fue analizada por Freud y que ha sido de gran interés para el tratamiento del tema referido a las perturbaciones mentales, aunque no se considere realmente como una obra de arte o literaria.

Se trata pues de un libro, Memorias de un neurótico, cuyo autor escribió como una autobiografía y que muestra muy en detalle lo que de otra forma no se podría conocer, mediante la práctica del psicoanálisis, acerca de la evolución de la paranoia en particular y de la esquizofrenia en general.

El caso Schreber ha suscitado, entre muchos de los casos estudiados y publicados, tal vez más incógnitas que cualquier otro, esto se debe específicamente a la particularidad de su “curación”; otro de estos casos, que vale la pena mencionar aunque sea de paso, es el del premio Nobel en economía John Nash, alrededor del cual se realizó incluso un film llamado “Una mente brillante”.
Daniel Pablo Schcreber fue un conocido doctor en Derecho, a quien la religión no interesó en absoluto durante las primeras etapas de su vida, y sólo hasta mucho después despertó, como necesidad psicológica, para traer consigo una cadena de delirios como el contenido esencial de su patología. Se considera de suma importancia resaltar un hecho que puede ser muy sugerente para el tema de que se ocupa este trabajo, tal hecho radica en una afirmación que el propio Schreber hace en relación con su caso, y que Freud tiene en cuenta para su análisis justo cuando comienza a exponer el historial clínico; citando a Schreber, Freud transcribe:
“Dos veces he estado enfermo de los nervios y ambas a consecuencia de un exceso de trabajo intelectual. La primera, siendo magistrado en Chemnitz, a consecuencia de la actividad desplegada en unas elecciones al Parlamento, y la segunda, a causa de la extraordinaria labor que hube de desarrollar al hacerme cargo del puesto de presidente del Tribunal de Dresden”.  [1]

A lo que se pretende hacer referencia con adjudicarle a esta aclaración un efecto sugerente, no es más que remitir al lector a cuestionarse a lo largo del presente escrito sobre la influencia que la actividad intelectual intensa puede tener en el desencadenamiento de un trastorno psicológico severo, tal y como sucede en el caso que se presenta y en muchos otros casos que ya se examinaron en el capítulo anterior.

Continuando entonces con el trabajo de Freud frente al caso Schreber se dirá, para empezar, que muchas de las observaciones que allí aparecen  no contribuyen de manera novedosa al marco teórico del psicoanálisis tanto como confirman lo ya dicho de antemano. Como se sabe, uno de los grandes aportes de la teoría psicoanalítica es el dirigido al estudio del desarrollo psíquico en las etapas más fundamentales de la vida, es decir, entre la primera infancia y el comienzo de la adolescencia. En el complejo de Edipo, Freud resume el funcionamiento de la instancia del inconsciente y, en suma, el proceso a través del cual un sujeto se ubica frente a los otros y al mundo, asumiendo una posición estructural e inscribiéndose como individuo al interior de la cultura.

La figura paterna ocupa en este corpus  teórico un lugar crucial, en tanto es la responsable de instaurar la norma, la ley y las prohibiciones morales, así como los cánones bajo los cuales el sujeto habrá de comprender lo externo a él y de comportarse ante sus semejantes. Esto implica que el padre (ya sea quien desempeña el rol en lo simbólico o a quien corresponde lo biológico), y por analogía lo masculino, sea la representación no sólo de una deidad superior omnisapiente, sino también del criterio de racionalidad tal y como lo concibe la modernidad.
Pues bien, en Schreber, es también el padre, como lo muestra Freud, figura crucial que atraviesa todos los pormenores en la trama de su delirio, manteniéndose como protagonista, aun desfigurado por desplazamientos metonímicos. Todo esto se da a partir de una transformación que luego se expondrá; por el momento se seguirá el orden del delirio tal y como aparece, para luego remitir a las conclusiones del análisis realizado por Freud.

Al principio del delirio, el doctor Flechsig, el primer psiquiatra encargado del tratamiento de Schreber, aparece como una figura amenazante, un “asesino de almas” y su enemigo acérrimo, considerándolo como tal debido a que era el líder de una conspiración en su contra, con la cual se pretendía no sólo acabar con su alma, sino también deshonrar su cuerpo, transformándolo en mujer, utilizándolo para abusar de él sexualmente y luego, prostituyéndolo. En este punto del delirio Dios ya comenzaba a representar la única alternativa de salvación para Schreber, sin embargo, luego pasó a ser tanto cómplice como instigador de la conspiración que se alzaba en su contra. El delirio comienza a complejizarse a medida que surgen nuevos personajes amenazantes, entre ellos un enfermero de la segunda clínica en la cual Schreber estuvo internó y el nuevo director de la misma, el doctor Weber. Pero lo más peculiar del delirio es que todos aquellos enemigos no se constituyen como tales siendo personajes encarnados que pudiesen ocasionar daños físicos, por el contrario, el único daño que podían hacerle era el moral, puesto que consistían en un inmenso número de almas, que además se iban desprendiendo de una principal, conduciéndose incluso bajo ciertas jerarquías. Así, por ejemplo, el alma de Flechsig se dividía en decenas de almas habiendo, no obstante, dos de ellas que eran las principales y que, aunque aisladas, discutían y trataban de someterse entre sí por temporadas. Es preciso dejar claro aquí que en sus Memorias Schreber intenta separar taxativamente la persona del Flechsig, es decir, al doctor, del alma de Flechsig que lo atormentaba en su delirio; en efecto, el mismo Schreber es explícito cuando afirma que luego de su primera enfermedad y la recuperación posterior, le quedó enormemente agradecido por su intervención y que  le retribuyó con excelentes honorarios.

Ahora bien, Dios continúa siendo una salida al problema de Flechsig, aun cuando la relación con él implique también una amenaza y una pérdida. Tal pérdida es referida a la cuestión de la virilidad y esto representa la solución, no sólo al conflicto implícito en la lógica del delirio de Schreber, sino además a las interrogantes que su elección inconsciente puede despertar; por lo menos este es el tratamiento que Freud le da al caso. En la parte ulterior de la enfermedad, Dios, erigido igualmente como amenaza, le permite a Schreber ponerse por encima del alma de Flechsig, construyéndole un futuro en el que su cuerpo, ya convertido en el de una mujer, engendrará una nueva raza humana superior, siendo el principal representante de la misma. Con ello, se soluciona el conflicto interno de Schreber de renunciar a su masculinidad, pues tal promesa sólo se dará en un futuro lejano, cuando su destino en la tierra culmine; aun mejor, culmina también el conflicto con el alma de Flechsig, pues esta será vencida.

Con el fin de no extender mucho esta presentación, puesto que hay elementos que escapan al esclarecimiento de lo que en adelante se pretende abordar, y más bien introducirían asuntos desligados del hilo con que se teje este texto, se expondrá brevemente la conclusión a la que llega Freud, luego del análisis del caso. Tal conclusión consiste en descubrir que existe en Schreber un hondo sentimiento de culpa, relacionado con la práctica del onanismo en la infancia y, al mismo tiempo, un temor a la castración que posteriormente se convierte en aceptación de la misma e identificación con la mujer. Por tanto, quien en principio es, dentro del delirio, un personaje amenazante es, en la realidad del inconsciente justamente el sujeto a quien está dirigido el deseo y por el impedimento de llevar a cabo la satisfacción de ese deseo se convierte en una entidad persecutoria. Todo esto se anuda a la figura simbólica del padre, a quien se desestima, lo mismo que se añora, y tal relación ambivalente reaparece con la interpretación de Dios como un ser que aunque posee “rayos divinos” capaces de penetrar en el pensamiento suyo, también es ridiculizado hasta el punto de realizar milagros absurdos (como evitar en él la defecación mediante un procedimiento bastante simple) y más que eso, con una incapacidad total de comprender a los hombres, pues su relación se limita a la comunicación con los cadáveres. No obstante, la descripción del Dios schcrebiano es demasiado compleja y aun más las asociaciones que Freud realiza en torno a este tema, por lo mismo se sugiere al lector remitirse, en lo posible a ambos escritos, para acercarse un poco más a tales elucubraciones.

Para culminar no se dirá más que la recuperación de Schreber fue asombrosa, hasta el punto de permitírsele de nuevo ocupar su cargo público, habiéndose restituido casi por completo su capacidad de relacionarse y percibir el entorno, exento de alucinaciones visuales y auditivas, como las que anteriormente padecía; conservando todas las aptitudes para desempeñar sus labores; poseyendo la misma agudeza intelectual de siempre y conservando únicamente las ideas con las cuales se había intensificado su delirio, sin que esto le provocase alguna disfuncionalidad. Luego de superar la enfermedad, Schreber escribió sus memorias y, aunque no es un dato basado en argumentos y puede ser mejor visto cómo simple especulación, se considerará que probablemente esta experiencia de la escritura haya proporcionado elementos desde lo creativo para la readaptación a sus labores.

Como se dijo hace un momento, se tratará finalmente otra obra con la cual Freud se sumerge en una interpretación, que quizás para muchos significó una aventura sumamente arriesgada, e incluso la posición tal vez más desmesurada, en la que se haya ubicado tras el análisis de una obra, pues en ella se develan inclinaciones del artista que carecen de fundamentos. Se trata del artículo “Dostoievski y el parricidio”, en el que Freud menciona que existe correspondencia entre algunos de los sucesos que se narran en la novela “Los hermanos Karamazov” con ciertos rasgos de personalidad y situaciones significativas en la vida de Fiodor Dostoievski.

El análisis comienza con una enumeración de las fachadas que componen la personalidad de Dostoievsky, en las que se cuentan: el literato, el neurótico, el pensador ético y el pecador. A continuación Freud aduce que la menos dudosa es la del literato, pues la postura del pensador ético es atacable en el sentido de que su principal objetivo no es llevado a cabo; tal objetivo consiste en la renuncia a la satisfacción de las pulsiones que pueden perjudicar el bienestar propio o de los otros. Sin embargo Freud entra en otros terrenos de lo personal, que según él aparecen en la novela con algunos de los personajes, pero que ante todo se evidencia una identificación de Dostoievski con el que representa al asesino del padre.

Antes de exponer cuáles son las conclusiones a las que llega Freud en su texto, se considera necesario hablar un poco acerca del contenido de la novela. Se trata pues de cuatro hermanos, dos de ellos de la misma madre y los otros dos de madres diferentes (uno de ellos no reconocido dentro del matrimonio ni legalmente), cuyo padre ha permanecido siempre al margen de su educación y negándole al mayor el dinero que le correspondía de la herencia de su madre. Aquel que fue negado por el padre, trabaja para él como asistente del mayordomo, quien se encargó de su crianza desde que su madre lo dejó abandonado frente a la puerta de la casa, falleciendo después de dar a luz.

La personalidad y tendencias de cada uno de los hermanos es descrita por Dostoievski con gran delicadeza en los detalles, que ayuda a comprender la situación desde todos los puntos de vista durante la primera parte de la novela, mas no es así como sucede en la segunda parte, pues el relato comienza a complejizarse con situaciones que confunden al lector respecto a la verdad de los hechos. El mayor de ellos, Dimitri, hijo único del primer matrimonio es un general del ejército, entregado a los juegos de azar, la bebida y otros excesos, igual que el padre, pero está constantemente en riña con él por el dinero que le debe y por una mujer de la que ambos están enamorados. El segundo de los hermanos, llamado Ivan, es un académico orientado a una filosofía materialista y atea, renegando bajo estas premiosas de la fe cristiana y, no obstante, se mantiene en un conflicto moral interno que lo lleva incluso hasta las alucinaciones. El menor de los tres hijos reconocidos, Alexei, es un monje dedicado a la vida espiritual y con una actitud siempre imparcial frente a las conductas y pensamientos de su padre y sus hermanos.

Sin embargo, el cuarto hijo, que permanece al principio por fuera de todo el problema central, es quien consuma el parricidio, a pesar de ser el más sospechoso el libertino e impulsivo Ivan Smerdiakov, como fue llamado, fue concebido por Fiodor Karamazov e Isabel, una mujer del pueblo que vivía en las calles y que padecía de alguna enfermedad mental, pero la verdad de este hecho se mantuvo siempre como rumor. Su vida fue modesta hasta el punto de entablar relaciones sociales muy limitadas, siendo casi ignorado por los demás; pero en su soledad alimentaba pensamientos misántropos y acumulaba rencores, lo cual nunca se revelaría por su personalidad sumisa y su prolongado silencio.

 Ahora bien, regresando al análisis de Freud, se enfatizará en un asunto que aparece en la novela y del que se vale para su interpretación; se trata de ver en la enfermedad que padece este último personaje una correspondencia con el propio Dostoievski, pues ambos son epilépticos. Y con ello Freud muestra una equivalencia entre la descarga que se produce en las convulsiones y lo que se experimenta en el coito; tras ello emite un diagnóstico en el que coloca a Dostoievski en el lugar del histérico, al remitirse a una época de la vida en la que este autor fue condenado a permanecer en Siberia y en la cual cesan los ataques, admitiendo en ello un desplazamiento inconsciente de la necesidad de castigo inherente a la estructura del literato. Pero más allá de este diagnóstico se encuentra algo más profundo, tal necesidad de castigo sólo puede provenir del sentimiento de culpa, que al mismo tiempo sólo surge en principio por el deseo inconsciente de dar muerte al padre, característico de la etapa en que se desarrolla el Complejo de Edipo. Según Freud esta necesidad de castigo y su intrínseca tendencia masoquista se ve reflejada en la ludopatía de Dostoievski, que le causó por algún tiempo la ruina total.

Este hecho lleva a Freud a indagar en las experiencias infantiles del autor y a encontrar allí algo de lo cual se sirve para formular una importante premisa del psicoanálisis, ésta es que existen dos vías para la resolución del Complejo de Edipo, dirigidas a la anulación del sentimiento de culpa frente al deseo de la muerte del padre, lo cual es, como lo expone en Totem y Tabú, un elemento constitutivo de lo humano. Este deseo aparece cuando la madre representa lo primordial en la vida del infante al satisfacer todas sus necesidades y genera así una sensación de completud de la que no se vuelve a tener noticia al enfrentar la realidad con sus dificultades. De esta manera el padre aparece como obstáculo, en tanto es quien posee a la madre y por ello se desea su destrucción; pero el padre representará también una amenaza que siempre implica la castración en el plano simbólico.

La castración generalmente se resuelve por la vía en la que el amor del infante se dirige de nuevo al padre pero admitiendo el límite que éste impone a la relación incestuosa con la madre. Pero la segunda vía que Freud sugiere como la emprendida por Dostoievski es aquella en la que la amenaza de castración del padre y su consecuente sentimiento de angustia, efectúan un cambio en dirección a la madre, en el cual el niño  se identifica a la posición femenina con el fin de ser amado por el padre. De este modo se da una renuncia a la virilidad y aparece una posición angustiosa, ya no frente al odio del padre sino ante la actitud femenina, presentándose una constitución bisexual, que es la que Freud adjudica a lo estructural en Dostoievski.

Otra característica que resalta Freud de la personalidad del escritor es, como ya se mencionó ligeramente, el hecho de existir en él una tendencia masoquista y para explicarla se vale de la teoría de las pulsiones y sus destinos, recordando que uno de ellos es la transformación en lo contrario. Lo que sugiere pues, es que en Dostoievski hay una fuerte pulsión destructiva que, en lugar de ser dirigida hacia el exterior como sucede con los criminales, es dirigida hacia el interior, convirtiéndose en un severo sentimiento de culpa y en búsqueda de autodestrucción, en tanto la angustia frente al odio del padre le lleva a ponerse en su lugar, no como hombre, sino como el padre muerto. Esto se evidencia para Freud en la inclinación patológica al juego y un probable abuso sexual con una niña. Pero paradójicamente la escritura encontró en él su mejor expresión justo en los momentos de la vida en los que atravesaba por circunstancias sumamente difíciles. Para terminar, se dirá que Freud establece una relación entre Dostoievski y el personaje Smerdiakov, al atribuir a aquel una identificación con este que tiene que ver más que con la enfermedad, con el parricidio y que por ello entonces le confiere una indulgencia absoluta, convirtiéndolo casi en víctima y justificando su actuación como victimario.

Con lo precedente entonces podría afirmarse que lo creativo sirve a la satisfacción del deseo según como intervenga la imaginación y es por ello que en la obra de arte esta en juego la satisfacción del deseo.



[1] Observaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia autobiográficamente descrito. S. Freud, OC, Toomo III, pág 1488.

Sobre "El Secreto de la Flor de Oro" (tai i gin hua dsung)


Los orígenes de la Flor de oro se remontan a la filosofía china y, de algún modo,  a los dioses de la religión taoísta. Remite a una doctrina, más que a una mera práctica de meditación y se podría asociar a la trascendencia del pensamiento, pues conlleva un incremento significativo en el nivel de la conciencia que redunda a su vez en un incremento de la percepción intuitiva y racional. Además de lo anterior, esta meditación comprende un desarrollo paulatino de la esfera espiritual, en tanto conjuga las prácticas meditativa y contemplativa con la regulación conciente de la respiración y la postura.
“El origen Taoísta parece ser la deidad china Lü Dongbin, quien es el más conocido de los ocho inmortales (Zhongli Quan representa a los militares; Lü Dongbin a los burócratas; Li Tieguai a los enfermos y heridos; Han Xiangzi a los sabios;Cao Guojiu representa a la nobleza; Zhang Guo Lao a los ancianos; Lan Caihe a los pobres y He Xiangu a las doncellas) y es considerado por algunos el líder de facto, aunque el líder oficial es Zhongli Quan. En las representaciones artísticas aparece vestido como un erudito, llevando una espada para alejar el mal y un espantamoscas. Probablemente esta representación aluda a la característica sanadora de la práctica meditativa del Tao y por tal motivo tal vez Lü Dongbin es adorado por los enfermos y honrado como erudito. Lü Dongbin es su nombre de cortesía, pero el real era Lü Yan aunque él se llamaba a sí mismo Chunyang Zi "el maestro completamente yang" y los taoístas le conocen como Lu zu "el Lü Originario".[1] Esta denominación está en completa concordancia con todas las premisas del Tao, pues el objetivo primordial es alcanzar ese ser originario, con el que todos compartimos parte de la esencia del cosmos pues “El Tao o Sentido, doma al hombre y a la naturaleza, visible e invisible, el hombre participa en el acontecer cósmico, porque está entretejido interna y externamente con él y las leyes naturales se reflejan en el cuerpo, (la tierra), en la mente (el cielo) y en el orden del Universo, el Tao de la Naturaleza” [2]
Richard Wilhelm fue discípulo de un Maestro Chino, de quien aprendió dicha filosofía y doctrina, además de convertirse en uno de los principales sinólogos, y al recorrer este camino del estudio profundo de una cultura diferente de la suya originaria, se encontró con Jung, quien también dedicó gran parte de su vida al estudio de otras culturas, al descubrir en su práctica médica-psiquiátrica los aportes que ello le prodigaba. Jung estudió un sinnúmero de religiones, culturas y mitologías, pues encontraba en las producciones gráficas y verbales inconscientes de sus pacientes correspondencias con símbolos e imágenes y personificaciones (arquetipos) de múltiples culturas y mitologías desconocidas por ellos mismos, lo que algunos nombrarían como coincidencias, que sin embargo para él eran la manifestación de la sincronicidad que fundamenta y sustenta la existencia del inconsciente colectivo. Y es así como cada uno aporta al otro en su encuentro conocimientos inefables respecto a esa superioridad de la cultura china que aun en nuestros días continúa maravillando a occidente.
El secreto de la Flor de Oro es el camino, proveniente de la filosofía oriental e ignorado por siglos en Occidente, que dicta la manera de alcanzar un conocimiento profundo respecto a la trascendencia del espíritu. Es la manera de lograr la conjunción de los opuestos de modo armónico, es decir, de lograr un balance entre la conciencia y lo inconsciente, entre la carne y el espíritu, entre el intelecto y el sentimiento, entre el alma y el cuerpo. Es el perfeccionamiento del ser en relación con la realidad que lo circunda y un adiestramiento frente a las ideas de la conciencia y las imágenes del alma.  

Jung se sirve, en su obra, de la alquimia para mostrar cómo es posible el logro de la individuación, meta y fin de su psicoterapia y en general de la vida. Con ello ilustra mediante los símbolos empleados por esta seudociencia la posibilidad de establecer una comunicación profunda entre la conciencia y el inconsciente, la cual puede vislumbrarse a partir de métodos que involucren la imaginación, la fantasía y el arte, todos los cuales excluyen, como puede verse, la racionalización, pues la individuación es un proceso del alma que aunque integra el intelecto no lo hace a la manera de la razón. Es por esto que los mandalas, por ejemplo, su dibujo o pintura, pueden ser una vía para el establecimiento de tal comunicación, porque además son el reflejo y la ilustración del estado del alma, del inconsciente y los contenidos de la conciencia conjugados. Sin embargo, lo esencial del proceso radica más en la introspección y la decodificación de los símbolos y los contenidos que aparecen en el inconsciente, pues la cultura occidental ha priorizado siempre los fenómenos de la conciencia, por lo cual es más fácil acceder a sus contenidos y comprenderlos, en cambio, el inconsciente ha quedado relegado a un estadio olvidado y de ahí que sea preponderante volver la mirada hacia su lenguaje.
Jung propone además un reencuentro con el ámbito religioso del alma para acercarse a esos secretos, advirtiendo que el hombre occidental no debe, sin más, partir de las propuestas orientales sin antes interiorizar aquello que pertenece a su cultura y que explica desde ella lo espiritual, pues estaría en un error, en tanto la manera de concebir del oriental todos estos conceptos abstractos de lo superior, lo divino y el papel que el hombre juega dentro de ello, ha estado ligado a su desarrollo y particular relación con lo místico. De esta manera aconseja que el occidental debe, en primera instancia, reconocer e identificarse con las afirmaciones cristianas, que además en el fondo no se encuentran muy apartadas de los principios filosóficos de la espiritualidad oriental, puesto que en ambas doctrinas el fin último es alcanzar la perfección del ser, la conexión del hombre con lo divino y, como lo dirían los alquimistas, la transmutación de lo físico, para con ello lograr un hombre nuevo en contacto con su poder interior, con el alma y el espíritu. 
La Flor de Oro es un símbolo magno, compuesto por dos símbolos que reflejan un par de opuestos primordial: lo femenino y lo masculino, que a su vez están representados como potencias psíquicas en el anima y el animus. La flor por su parte es símbolo de lo femenino por tanto alude en sí a lo sentimental y lo emocional, ambas características de lo femenino y ella pertenece además a lo terreno, naciendo de la profundidad de la tierra: lo femenino está asociado a lo profundo, lo misterioso y lo indomeñable como la naturaleza y los sentimientos. Lo masculino, representado en el oro,  está en cambio asociado a la luz, la razón, el conocimiento, lo intelectual, lo superior. Los arquetipos del anima y el animus representan todas estas virtudes de lo femenino y lo masculino y ambas se unen en la Flor de oro, que es también vía para el alcance del saber supremo, el reconocimiento de las potencialidades de lo profundo y de lo superior, de la fuerza de los sentimientos guiada por el intelecto. En palabras de Jung:   
“A las figuras de lo inconsciente pertenecen, según nuestro texto, no sólo los dioses, sino también animus y anima. La palabra hun es traducida por Wilhelm como animus y, en efecto, el concepto animus calza excelentemente a hun, cuyo carácter está compuesto por el signo para “nubes” y el signo para “demonio”.En consecuencia, hun significa demonio de nubes, un “alma–hálito” superior, perteneciente al principio Yang y por eso masculina. Después de la muerte hun asciende y pasa a schen, al espíritu o dios “que se extiende y manifiesta. […] El anima, llamada po, escrita con el signo para “blanco” y el signo para “demonio”, por ende “fantasma blanco”, es el alma corporal inferior, ctónica, perteneciente al principio Ying y, por lo tanto, femenina. Después de la muerte se hunde y pasa a gui, demonio, explicado a menudo como “lo que retorna”(scil., a la tierra), el alma en pena, el espectro. El hecho de que tanto el animus como el anima se separen después de la muerte y vayan independientemente por sus caminos demuestra que, para la conciencia china, son factores psíquicos distinguibles, que tienen también un efecto claramente diferente, y a pesar de que originalmente sean uno en la “esencia una, efectiva y verdadera”, son dos en la mansión de lo creativo. El animus está en el Corazón celestial, durante el día mora en los ojos (es decir, en la conciencia), por la noche sube desde el hígado. Es aquello “que hemos recibido del gran vacío, lo que es de una figura con el origen”. El anima es, en cambio, “la fuerza de lo pesado y turbio”, fijada al corazón corporal, carnal. “Deseos carnales y excitaciones coléricas” son sus efectos. “Quien al despertar hállase sombrío y deprimido está encadenado por el anima.”
Tao es el sentido, lo absoluto, es de algún modo lo divino, el saber supremo, la totalidad, la sabiduría; es el origen y el fin, el destino último de todos los seres y la naturaleza. Tao es lo dictaminado desde siempre y para siempre como la meta, el gran logro que debe alcanzar toda alma y por tanto, es en ese camino en el que interviene la Flor de Oro para la trascendencia, en ella se involucran tanto lo terrenal como lo celestial, la Luz y la Oscuridad, por eso en Tao, tanto como en los mandalas se evidencian esas dualidades, pues en ambos, uno como hecho y los otros como imagen, se refleja el culmen del proceso, en el que los opuestos y las polaridades no se excluyen, sino que configuran la totalidad del alma. Y ambos, a su vez, están rodeados de símbolos que sirven para representar aquello por lo cual se les puede comprender y aprehender, pues su complejidad, más para la conciencia, sólo puede lograr en ella algún discernimiento por la vía de la mediación de ideas abstractas pero convenidas, y es esa la función de los símbolos allí. A través de ellos se puede rodear el sentido de lo absoluto, se puede comprender cómo los opuestos dan lugar a la totalidad y la circundan.

“El intelecto es, efectivamente, nocivo para el alma cuando se permite la osadía de querer entrar en posesión de la herencia del espíritu, para lo que no está capacitado bajo ningún aspecto, ya que el espíritu es algo más alto que el intelecto puesto que no sólo abarca a éste sino también a los estados afectivos.
Es una dirección y un principio de vida que aspira a alturas luminosas, sobrehumanas. Le está, empero, opuesto lo femenino, oscuro, terrenal (Yin), con su emocionalidad e instintividad extendiéndose hacia abajo, hacia las profundidades del tiempo y las raíces de la continuidad corporal. Sin duda esos conceptos son puramente intuitivos, pero de ellos no cabe prescindir cuando se intenta concebir la esencia del alma humana.
La China no pudo abstenerse de ellos, pues no se ha alejado tanto, como lo demuestra la historia de su filosofía, de los hechos centrales del alma como para haberlos perdido en la exageración y sobreestimación unilateral de una única función psíquica. Por lo tanto, nunca dejó de reconocer la paradoja y la polaridad de lo viviente.
Por cierto que el mero intelecto no puede comprender de inmediato qué importancia práctica podrían tener para nosotros las ideas orientales, por cuyo motivo sólo sabe clasificarlas como curiosidades filosóficas y etnológicas. La incomprensión va tan lejos que los mismos sinólogos eruditos no entienden la aplicación práctica del I Ging y, por ende, han considerado este libro como una colección de abstrusos ensalmos mágicos.”
La doctrina yoga repudia todos los contenidos fantásticos. Nosotros también, pero el oriental lo hace sobre una base totalmente distinta de la nuestra. Reinan allá concepciones y enseñanzas que expresan de la manera más abundante la fantasía creadora. Allí debe uno defenderse contra el exceso de fantasía. Nosotros, en cambio, consideramos la fantasía como ensoñación mísera y subjetiva.”

Con esto, lo que Jung nos muestra es la postura que atraviesa toda su obra: que la imaginación, que lo simbólico y todo lo que ha sido desdeñado siempre por occidente, en tanto le da prioridad a la razón, es lo que el hombre necesita realmente para trascender y encontrar la individuación. La priorización de lo racional, que trajo consigo el positivismo y la ilustración que caracterizan a occidente, sólo logró velar a su saber esa otra faceta de la totalidad del ser: el alma, la imagen, lo irracional, el lenguaje del inconsciente, que no atenta contra la conciencia, sino que complementa su conocimiento. 

Me parece, ante todo hermoso, cómo Jung y Wilhelm hacen un paralelo entre la visión cristiana y la taoísta del hombre, de lo que debe hacer para entrar en armonía con la esencia que le forma y precede a su nacimiento, desde su concepción.  El secreto de la Flor de Oro, considero, guarda en sí algo que pertenece al inconsciente colectivo, un saber referido a eso divino que todo ser posee en su interior, la capacidad de ver la luz del supremo conocimiento, que nada tiene que ver con el conocimiento de la conciencia, con lo cognitivo, sino más bien con una sabiduría profunda que le pertenece al alma, a eso que hace parte del todo y que compartimos con lo infinito, con lo superior, con lo divino, con lo absoluto. Ese saber está en nosotros desde el principio y es en su fundamento y base lo que todas las religiones comparten también; tiene que ver con la identificación de una esencia que habita en nosotros ajena al cuerpo físico e incluso a los sentimientos, pues al revelarse esa verdad como experiencia, un sentimiento no basta para describirla; la verdad superior no es algo perteneciente al campo de los sentimientos o de la comprensión en tanto intelectualización, es más bien algo del orden de lo fenomenológico-existencial, no es episteme, es sabiduría espiritual, saber del alma.





[1] http://es.wikipedia.org/wiki/El_secreto_de_la_Flor_de_Oro
[2] http://millenio.wordpress.com/2007/09/10/taoismo-el-secreto-de-la-flor-de-oro-2/
Publicado por Sara Ángel Vélez en 8:11 PM 0 comentarios http://img1.blogblog.com/img/icon18_email.gif




* Última imagen: Obra "Mandala,  el secreto de la flor de oro", de: Dora Águila y Elena Pérez Ardiles. Técnica: instalación, pintura. Expuesta en abril de 2006 en la Sala de Artes Providencia del Instituto Chileno Norteamericano de Cultura.